Desde mi sofá «Eva Delgado»


Su mirada tenía la profundidad de una taza de café, sus manos, de dedos largos y elegantes, rozaban su piel con la suavidad propia de quien está acostumbrado a tocar nubes con final de azúcar. Ella compró el tiempo para él una tarde de noviembre para poder pararlo a su antojo, casi siempre al final del primer segundo antes de las doce. Aquella noche se había vestido con la saudade de un momento mágico donde el cielo prometía paz y los acordes de una guitarra se escuchaban cerca del puerto. La cuidad de Atenas se perfumaba de música por todos los rincones y los enamorados bailaban pegados al ritmo de sus corazones sazonados con besos. Muchas veces, todo pasa a la velocidad del olvido, casi sin darte cuenta, y los abalorios con los que se construye el amor se deshilachan sobre la falda del miedo irracional a seguir amando. Por eso la brújula, mi amor, por eso la fina arena de un reloj para contar granitos de vida en común, por eso la mariposa compartida en un para siempre de pieles cinco años después del efecto mariposa. Ahora, desnuda de esqueletos sin voz, cuenta los besos de su espalda mientras Atenas duerme.


Buenas noches, mundo.